MUCHI FOREVER

BEAUCOUP DE JOTTERIE POUR TOUTES LES ÂGES!!!!

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Nombre: Señorito Muchi
Ubicación: Mexico

Soy un tipejo bastante raro. Encantador pero al mismo tiempo insoportable; muy sociable o asquerosamente hermético; amoroso y también jijo de la tiznada. Estudié como todos (todos los que no son "guebones"), me "lisensié" en Relaciones Internacionales por la UNAM en 1989 cosa que me ha servido de muy poco profesionalmente, vivo sólo desde 1990, pasé nueve maravillosos meses en Inglaterra lavando platos y tendiendo camas cuando tenía 22 años. Radiero (me caga la expresión comunicador), esforzado promotor de cosas que nadie quiere oir, orgulloso padre de dos gatas de 15 años, fumador empedernido, alcoholico en rehabilitación, voyeurista exquisito, fan del soccer y todo lo que implica, narrador retirado "a la fuerza". Y muchas otras cosas más...

viernes, julio 28, 2006

La Sinfonía fantástica de Berlioz

Sinfonía Fantástica Op. 14
Episodios de la vida de un artista
“If music be the food of love, play on”
William Shakespeare


Estoy seguro de que usted -estimado lector- como yo, nos hemos enamorado de alguien aunque sea una vez en nuestras vidas. Y por lo general, el enamoramiento pasional y desenfrenado termina siendo algo así como una infinita imagen onírica.
El gran Héctor Berlioz, ese francés llamado por José Antonio Alcaraz “contemporáneo del futuro”, y quizás el más poderoso compositor romántico que existió en el siglo XIX, también se enamoró... y de qué manera.
Siendo partícipe de un momento crucial en el arte y la sociedad franceses de su tiempo, Berlioz no pudo ser más que un hombre intenso, lúcido, pasional hasta la médula y un poco extravagante. Y como un firme romántico (en el sentido de la corriente artística) Berlioz alcanzó cumbres estéticas que pocos habían siquiera imaginado. Beethoven puede ser considerado como uno de los afortunados, al estrenar en 1824 su Novena sinfonía Op. 125, y con la que no sólo supo reflejar el sentimiento de hermandad al cual Schiller, el propio músico y la humanidad entera han aspirado -que, dicho sea de paso, a estas alturas nos parece más lejano-, sino también consiguió estructurar uno de los más hermosos y perfectos edificios sonoros de la historia del arte.

Pues tan sólo seis años después del “nacimiento” de la Novena de Beethoven, Berlioz lanzó al mundo una obra completamente revolucionaria, atractiva, monstruosa en orquestación y dimensiones colorísticas y armónicas, guiado por su pasión artística y amorosa. ¡Ah, todo por culpa del arrebatado amor de este francés irrepetible, con 24 años de edad y una carrera por demás prometedora!
El 11 de septiembre de 1827, Berlioz (enorme admirador del trabajo de Johann Wolfgang von Goethe) asistió en París a ver una compañía teatral inglesa que montaba algunas obras de Shakespeare. Ese día, el joven músico no sólo presenció Hamlet, sino que vio en escena a una delicada actriz de nombre Harriet (también citada en ocasiones como Henrietta) Smithson. La reacción de Berlioz ante la desmesurada belleza de quien encarnaba el papel de Ofelia en esa representación fue una impresionante explosión hormonal. Y espero se me disculpe lo ordinario de tal decir, pero después de ese sacrosanto día Berlioz no dormía, ni bebía, ni comía. Él mismo relata en sus Memoirs: “He pasado varios meses en una especie de estupor inmisericorde del que sólo puedo indicar su naturaleza y su causa, soñando incesantemente con Shakespeare y el hada Ofelia que todo París ovacionó, y contrastando su espléndida carrera y mi propia oscuridad miserable, he pretendido que la opaca luz de mi nombre pueda alcanzarla, dondequiera que esté.”
Así pasó Berlioz varios meses errando por las calles de París (¡pobrecito él!), vagando por el campo con la imagen de su amada y visitando uno que otro café parisino donde le metió un buen susto a más de un mesero, ya que en su éxtasis llegaba casi a la catatonia y varias veces lo dieron por muerto.

¿Qué hacer para llamar la atención de la divina Harriet? “Resolví -señala Berlioz- en hacer algo que pocos músicos en Francia se atreverían a hacer: dar un gran concierto en el Conservatorio y en el que sólo se toquen mis obras. Así le podré mostrar a ella que también soy un artista.”
Una gran idea, que Berlioz puso en marcha inmediatamente. Pero ¡ah, infausto destino!, el concierto se celebró con mediano éxito -aunque el enamorado francés dijera lo contrario- y peor aún: la Smithson ni se enteró de la existencia del evento.
Algún tiempo más tarde Harriet dejó París. “No existen palabras para describir lo que estoy sufriendo -escribió el deprimido músico-; hasta Shakespeare nunca ha pintado tan horrible desgracia del corazón, el sentimiento de desolación, el poco valor de la vida y la salvaje confusión de la mente de alguien, el disgusto por la vida y la imposibilidad del suicidio. El gran poeta no ha hecho más, en Hamlet, que narrar ese sufrimiento como uno de los más terribles fantasmas de mi vida. He dejado de componer: mi mente se ha paralizado así como ha crecido mi pasión. Sólo puedo hacer una cosa -sufrir.”
(Sniff, sniff...)
“Such sweet compulsion doth in music lie...”
John Milton


Pero, ¿acaso no es curioso notar cómo, cuando nos enamoramos de alguien, hacemos todo lo posible por ahuyentarla(o) a través del asedio pasional?
¡Ah!, el buen Berlioz o estaba exento de ello y la fina Señorita Smithson, quien ni remotamente imaginaba el enamoramiento del francés, hacía todo lo posible por huir de él. Berlioz no pudo más y tuvo que relatar a su manera -la mejor- el tremendo drama de ese momento de su vida. Así fue como surgió su Opus 14, subtitulado como Episodios de la vida de un artista, una Sinfonía a la que bautizó como Fantástica.
Él mismo relata: “El sujeto de este drama musical es, como todo el mundo sabe, la historia de mi amor por Miss Harriet Smithson, mi angustia y mis sueños miserables.”

La Sinfonía Fantástica no sólo constituye la enorme síntesis amorosa de Berlioz, sino que también el mundo fue testigo de la ilimitada genialidad del francés, al trazar una obra en cinco movimientos -poco usual en la época- y con una verdadera legión de instrumentos que podía resultar ruidosa para un público poco habituado a la innovación: entre otras cosas, Berlioz echa mano de dos tubas, cuatro arpas, cuatro trompetas, tres trombones, dos juegos de timbales y campanas para el último movimiento.

Para la cabal comprensión de tanta pasión y desenfreno, el autor escribió un programa en la misma partitura de la Sinfonía, donde relata de manera muy intensa cada uno de los impulsos que mueven a los cinco movimientos. Para el primero de ellos (Ensueños-pasiones) “el autor supone que un joven músico, afectado de cierta enfermedad moral que un autor célebre llamó ‘la melancolía de las pasiones’, ve por primera vez una dama que reúne todos los encantos del ser ideal con el que sueña su imaginación. Por una singular rareza la imagen adorada nunca se representa en el espíritu del artista más que ligada a un pensamiento musical, en el que encuentra cierto carácter apasionado, aunque noble y tímido como ese que él presta al objeto amado.
“Ese reflejo melancólico con su modelo, lo persiguen sin cesar como una doble idea fija. Esa es la razón de la aparición constante, en todas las piezas de la Sinfonía, de la melodía que comienza el primer allegro. El pasaje de ese estado de sueño melancólico, interrumpido por algunos accesos de júbilo sin objeto, al de una pasión delirante, con sus movimientos furiosos, de celos, sus regresos de ternura, lágrimas, sus consuelos religiosos, es el tema del primer fragmento.”

Ya lo dijo Berlioz: la imagen de su amada Miss Smithson se encuentra encapsulada en esta idea fija (idée fixe) que aparece todo el tiempo, primero en la cuerda y posteriormente en algunos instrumentos de aliento (clarinete -en el segundo, tercer y cuarto movimientos-).
A manera de un rápido vistazo a lo que sigue en este escrito de Berlioz, podemos resumir que el segundo movimiento (Un baile) nos muestra al atormentado artista en medio de una turbulenta fiesta donde el recuerdo de la amada lo acosa sin cesar. En la Escena en el campo (tercer movimiento), el artista escucha en una suave noche campirana a dos pastores que conversan (corno inglés y oboe -éste último fuera de escena-). Los árboles murmullan con el viento y la gentil naturaleza le trae la paz interior que anhelaba. Pero de repente la imagen de la amada aparece. “Al final, uno de los pastores retoma la melodía pastoril, el otro no contesta más... Lejano ruido de truenos... Soledad ... Silencio.”
En la sección siguiente (Marcha al cadalso) el infortunado sueña, envenenado con opio, que ha matado a su amada y es enviado al cadalso para ajustar cuentas. Antes del brusco golpe final, nuevamente se deja ver a la dama como reminiscencia de la fatalidad cometida por el artista.
La obra termina con el Sueño de una noche de aquelarre (o sabbat), donde las brujas, monstruos y demonios diversos vienen en tropel al encuentro del artista para su funeral. “La melodía amada aparece, pero ha perdido su nobleza y timidez, ya no es más que un aire de danza grotesco, es ella quien viene al aquelarre... Rugido de gozo a su llegada... Ella se mezcla en la orgía diabólica ... Tañido fúnebre, parodia burlesca del Dies Irae, ronda de sabbat. La ronda de sabbat y el Dies Irae se unen.”
Au revoir, artiste...

“Have you said your goodbyes to the light?”
Lestat
Interview with the Vampire. Anne Rice


Tremendo éxito tuvo la Sinfonía Fantástica en su presentación en diciembre de 1830. Franz Liszt estaba entre el público, quien a partir de ese momento se volvió un gran admirador de Berlioz. Dos años después el compositor -que seguía enamoradísimo- escribió Lélio, o el regreso a la vida, un monodrama que debía ser tocado junto a la Sinfonía Fantástica pues es su continuación lógica, el renacimiento del artista muerto en el Opus 14.
Después de tanta pasión, algo tenía que ocurrir (¡por el amor de Dios!!): poco tiempo pasó al concluir Berlioz su Lélio cuando finalmente Harriet Smithson y él se conocieron a fondo, declararon públicamente su amor y contrajeron nupcias el 3 de octubre de 1833.

El francés gritó una vez que vio a la Smithson personificando a otra heroína de Shakespeare (Julieta), que esa era la mujer con la que se casaría; entonces, la premisa pasó a ser realidad. Claro, no fue una sorpresa para nadie que al poco tiempo de feliz unión la pareja se separara; resultó que aquella exquisita Miss Smithson no era otra cosa más que una histérica alcohólica que le ponía los nervios de punta a Berlioz. Además, antes de la boda, la actriz se rompió una pierna al caer de un carruaje que la llevaba a una de sus funciones teatrales, y nunca recobró la “buena figura”, por lo que su carrera se fue a pique y aproximándose peligrosamente a un trágico final.

Aunque Berlioz retomó el buen camino de la vida al casarse posteriormente con la soprano Marie Recio, nunca olvidó a su alguna vez añorada “Ofelia”. Escribió en sus Memorias: “¡Mi pobre Henrietta! Después de estar paralizada por cuatro años e imposibilitada a moverse o hablar, dibujó su último aliento en Montmartre el 3 de marzo de 1854. ¡Oh, Shakespeare! ... Nuestro padre en el cielo -si es que existe tal. Solamente él es el buen Dios del alma de un artista. Recíbenos en tu seno. ¿Muerte, aniquilación, qué son? La inmortalidad del genio -¿qué? Oh, tonto, tonto, tonto...”.
Ese irresistible cariño que Berlioz llegó a profesar por Shakespeare lo llevó a escribir una ópera sobre Much ado about nothing (Tanto para nada), una sencilla alegoría de todo lo que él vivió con la Smithson.
Y nuevamente... tragedia en su vida: su segunda esposa murió en 1862 y cinco años más tarde, su único hijo.
Quizás no existió mejor recuerdo del tremendo amor que Berlioz sintió por esa mujer idealizada a través de Shakespeare que terminar, antes de la muerte de Marie Recio, su ópera Beatriz y Benedicto, un gigante mausoleo a su desafortunado, perdido amor y que marcó inclemente su paso entre los mortales.
“... Soft stillness and the night
Become the touches of sweet harmony”
William Shakespeare

1 Comments:

Blogger Señorito Muchi said...

Para quienes estén interesados en escuchar la Sinfonía Fantástica en CD (si no la conocen), pueden buscar las versiones de Sir Colin Davies y la Sinfónica de Londres o Charles Munch. Realmente la de Davies es sensacional (gran berlioziano, por cierto).

2:09 p.m., julio 28, 2006  

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